lunes, 9 de julio de 2012

Carta pública, pero no tanto

     El pasado 29 de junio se publicaron los resultados del concurso Becas Chile, para realizar estudios de magíster en el extranjero. Más allá de que mi postulación  fuera considerada "fuera de bases" por un error informático de la plataforma virtual, quisiera hacer públicas mis felicitaciones a los más de trecientos nuevos becarios que tiene nuestro país.
     Lo que celebro es que muy probablemente muchos de estos beneficiarios sean justos merecedores de este reconocimiento a sus aptitudes que se traduce - ¿cómo podría ser de otra manera en un sistema como el nuestro?- en una subvención monetaria. Pienso, por ejemplo, en mi queridísimo  Francisco Aránguiz, quien gracias a su dedicación y sobresaliente potencial, se ha convertido en uno de estos becarios.
     Felicito la capacitación de nuestra gente, pues en un país como el nuestro la gente es lo único realmente valioso. El nuestro es un país en el que la educación alcanza uno de los costos más altos a nivel mundial;  un país que se pelea, año a año, el sitial de honor de los países que tienen una pésima distribución de las riquezas; un país que tiene un sistema de salud pública totalmente deficitario y uno privado carísimo que tampoco es excelente; un país que garantiza miseria e inseguridad a sus ancianos, a través de un sistema de pensiones que enriquece a los mismos de siempre; un país en el que sus gentes, principalmente, dedican ocho o más horas diarias a trabajos repetitivos y poco gratificantes por un salario que apenas les permite la subsistencia; un país en el que la capital es el país todo y, los que no viven en ella, se joden en el más silente de los anonimatos.
     En un país como el nuestro, reitero, sólo vale la pena invertir en nuestra gente, y cuando digo "nuestra gente" me refiero también a los que han hecho suyas estas tierras.  Por eso celebro a estos becarios, porque a menos que se conviertan en petulantes tecnócratas desclasados- y habrá, ciertamente, algunos que lo serán-, podrán desde sus trincheras contribuir a hacer de ésta una sociedad más amable para con sus ciudadanos; un país más justo en el que las sonrisas repleten las vidas de todos; un país en el que realmente existan servidores públicos y no los vampíricos que hoy nos despojan de la sangre y del espíritu, pero no de la esperanza. 

¡Buen viaje! 

viernes, 2 de diciembre de 2011

Así, como cuando tienes ganas de despertarte te todas un café. Así, así mismo yo decido ir a echarme la siesta.

martes, 22 de noviembre de 2011

A veces yo me pregunto porqué, en general, no se piensa en la literatura como arte... Lo digo, por ejemplo, porque cuando le preguntas a cualquiera cuáles son las artes es súper probable que responda: la pintura, la música, la danza, la escultura, el teatro (¡antes el teatro que la literatura!)... Sólo cuando tú le preguntes ¿y la literatura? Te dirá: "¡Claro, la literatura también es un arte!" (o algo por el estilo).
Eso es lo que me parece extraño: que en la concepción del inconsciente colectivo la literatura no emerja inmediatamente como una de las artes.
¿Será porque el material con que se moldea este arte es compartido por tantos otros? ¿Tendrá que ver con que hay tantos escritores mediocres? (en la pintura, por ejemplo, también los hay y la pintura sigue siendo considerada colectivamente como "arte") ¿Tiene que ver con que, potencialmente, cualquiera puede escribir?
Claramente, la literatura pudiera ser la más democrática de las artes (en el sentido en que, virtualmente, todos los alfabetizados podrían dedicarse a ella) y creo que precisamente bajo la exclusión "inconsciente" de la literatura como una de las artes subyace una concepción ¿elitista? ¿conservadora? ¿clasista? de las artes, entiéndase: considerar el arte como algo que no puede ser "hecho" por cualquiera. Un campo al que sólo pueden acceder los "talentosos", los "iluminados", los "elegidos".
 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cruzó la calle mirándole a los ojos. Él parece que se sintió intimidado porque apuró el paso.
Ya en la misma acera lo seguía con discreción, como haciendo ver que estaba preocupado de sus cosas. El otro, de tanto en tanto, se volteaba secretamente para corroborar que su perseguidor seguía ahí. A ratos sus pasos  parecían encontrar el mismo ritmo, caminaban así unos metros, después uno de los dos perdía el compás.
No podría asegurar que fueran dos desconocidos, tampoco que estuvieran tramando algo juntos. Seguían en un andar tenso que enrarecía el ambiente.
Llegando al fin de la cuadra, repentinamente decidió acercarse hasta reducir al máximo de lo conveniente la distancia que los separaba. No sabría decir si le dijo o no algo al oído cuando lo rebasó. Lo que sí sé es que cruzó la calle, se detuvo en la esquina una fracción de segundo, se volteó y caminó con paso desenfadado mientras el otro, en la acera contraria, lo mira alejarse en la oscuridad de la noche.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Viajar en micro un sábado por la mañana

La gente es poco gente estos días y eso es un problema social mayúsculo... Veamos, que a todos nos cagan por todos lados, pero no por eso tenemos que andar con cara de culo por la vida. Por ejemplo hoy, que es sábado,  a mí me toca despertarme a las 7:45 para estar a las 10:00 en la otra punta de la ciudad en una biblioteca a la que, probablemente, nadie asistirá. De veras que preferiría quedarme en la cama leyendo algo entrete o estar vegetando simplemente, pero no puedo porque me tengo que levantar para ir al trabajo un sábado.
Si eso es un hecho, si tendré que hacerlo mientras este trabajo dure, no puedo mas que tratar (en la medida de lo posible) de tomármelo con humor... que vamos... tampoco se trata de que me suba a la micro con la risa a flor de labios... pero al menos, hoy  le sonreí a la señora que conmigo casi se cae cuando la micro hizo un viraje brusco. 
Cuando digo que la gente es poco gente por estos días, me refiero a que ves a pendejos tranquilamente sentados en la micro cuando, parada a su lado, está una señora mayor con bolsas; me refiero a los señores que  en la micro se entretienen empujándote o sobando contra tus hombros (cuando vas sentada, claro) sus partes más íntimas. Me refiero a que cuando alguien entra en la biblioteca me mira pero no me saluda y se sorprende cuando yo lo hago (como si fuera una agresión terrible). Me refiero a la sorpresa que se dibuja en el rostro de la señora del aseo cuando le pregunto cómo ha estado y la escucho más de lo que marca la convención social.
De todas maneras, aunque la gente sea menos gente que hasta hace algún tiempo, aún se pueden entrever los resabios de aquellos tiempos. Cosas como un zangoloteo brusco de la micro, un jefe malhumorado, una señora mayor a la que no le dan el asiento, son cosas que al parecer conectan miradas, dejan escapar esbozos de sonrisas, forman un segundo de complicidad entre personas que no se conocen y no lo harán nunca. Descuidos como esos son los que aún me llevan a creer en que por muy agarrados de los cojones que nos tengan, siempre tendremos una parcela de poder sobre la que somos completamente soberanos.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Ir al estadio

El martes 13 de septiembre cogí el metro en dirección "seguir a la gente con la camiseta de FCB"... así lo hice y hasta ahí todo era como siempre: el tráfico vehicular cortado; pacos en la calle dirigiendo el tránsito; hinchas en peregrinación desde todas las direcciones posibles; gente vendiendo souvenirs futboleros y la emoción de ir a ver en el campo al equipo de tus amores.
Con miedo (quizás pudor sea la palabra más exacta) acerqué las credenciales que muy amablemente me habían prestado; las acerqué al lector con la vista fija en el guardia que vigilaba que todo estuviera en orden y con paso firme me dirigí hacia las gradas.
Debo confesar que el Camp Nou es re distinto a cualquier otro estadio en el que yo haya estado antes: es más grande que cualquier otro, mucho más imponente, te hace sentir vulnerabilidad y la emoción ante la promesa de un tremendo partido.
Mientras subía las escaleras sentía esa emoción que imagino han de sentir las novias cuando caminan hacia el altar: un nerviosismo tremendo y una alegría inmensa que se mezclan haciéndole creer a una que no será capaz de soportar la magnitud de aquello a lo que estás a punto de enfrentarse; ese preguntarse ¿merezco yo ser partícipe de esta experiencia? ¿estaré a la altura de esta situación? (nota mental: preguntas para hacerme mientras camine hacia un altar teniendo la intención de dar un sí o un no... ¡quién sabe!).
El asunto es que encontré mi asiento y saludé a los familiares de quien me había dejado la entrada para ese partido. Para mi sorpresa las gradas se llenaban de familias... de abuelitos con sus nietos, parejas de todas las edades, razas, sexo, religiones... y también había muchas mujeres que, como yo, habían ido solas a ver lo que prometía ser un "partidazo"(porque mal que mal se trataba del primer partido de la "Champs" en el Camp Nou).
Quienes hayan ido al estadio aquí en Chile sabrán tan bien como yo que cuando uno logra sentarse (si es que lo consigue) se levanta de inmediato... aquí vemos los partidos de pie, pues o nos paramos para reclamar la falta de criterio del árbitro (remarcar la cercanía entre "árbitro","arbitrio" y "arbitrario")  o nos alzamos en los aires tras un paradón que creíamos un gol inminente, una posición adelantada inexistente, un penal no cobrado o un gol de antología (esto solía pasarnos hace algún tiempo a nosotros los  colocolinos). Sea como sea no nos sentamos más que en el entretiempo y ahí porque hay que: comerse el sangurucho que logramos filtrar (la comida es cara adentro), fumarse lo que queda del cigarro que no tocamos en el 1° tiempo (estuvimos gritando 25 de los 45 minutos) y comentar con los partners los momentos más álgidos del partido, ya sea las situaciones de gol, los penales no (o mal) cobrados, las tarjetas dudosas, las entradas muy fuertes dentro del área, las manos "casuales", etc.
Si nosotros aquí no nos sentamos, en el Camp Nou fue lo primero que hice. Me senté cruzada de piernas  como toda una dama y me dispuse, tranquilamente, a esperar que comenzara el partido.
La gente se movía tranquilamente de un lado para el otro, buscaban sus locaciones, conversaban con los de las filas de más a bajo o más arriba, se preguntaban por la vida, por cómo iba todo... era como una reunión familiar, pero con esos parientes lejanos que uno no ve más que en los funerales. Y de hecho las conversaciones se hacían con un nivel tan prudente de decibeles que recordaba al máximo que se permite en un funeral (para los que no estén familiarizados el máximo ronda entre el susurro y el pelambre de fiesta). No como aquí que uno, si llegara a encontrarse con alguien conocido (como si eso pudiera pasar) tiene que hablar "a grito pela'o", porque los cabros están todo el rato cantando algún himno o alguna rima graciosa que le menta la madre a la hinchada contraria. Además, a nosotros no nos interesa ir a hacer vida social al estadio. Para nosotros se trata de otra cosa... de ir a gritar nuestras frustraciones: las peleas con la eñora; el jefe que no lo deja de webiar a uno; los micreros que no te paran; la bencina que volvió a subir y un largo etcétera que se le acumula a uno a lo largo de los días, las semanas, los meses y que sólo se puede purgar gritando como si te llevara el diablo, como si la catarsis ficticia y momentánea nos liberara verdaderamente, como si ese gol anulado fuera un problema real...
No, allá tampoco se grita... o al menos no se hizo en el partido al que yo asistí. Me senté. No grité. Nadie se enojó realmente cuando, en el segundo 34, el Milan marcó el primer gol. Nadie tampoco bajó corriendo por las gradas cuando se empató. Nadie mantuvo el grito de gol por más de tres segundos.Pude escuchar las indicaciones que Guardiola le daba a Messi y cómo el otro respondía en un catalán bien porteño.
Quizás me demoré muchas líneas en decir lo que quiero... y eso que quiero decir es que ver ESTE partido, en ESE estadio, jugándose en AQUEL césped (con esa apariencia "algodonesca"  que les atribuimos a las nubes cuando somos niños) y con SEMEJANTES jugadores no me provocó más que añoranzas...
Extrañé nuestro fútbol interrumpido, pinchanguero. Quise ver a nuetsros futbolistas profesionales que no lo son tanto... que corren con más huevos que con estado físico... quise ver a un Calule Meléndez quitándole con la cabeza la pelota a los pies del rival... ansiaba ver ese fútbol que se apasiona... ese que no entiende del "fair play" porque la cosa es mucho más que un trabajo... A ver... que sí... que ver a Messi, Iniesta y Villa (por nombrar algunos) es un lujo estético y táctico... que ese fútbol rápido y fluido es como "El Lago de los cisnes"... y sí, es como un ballet... porque si bien te emocionas mientras estás en el teatro, cuando sales sigues siendo el mismo insensible de siempre. Y es a eso, precisamente, a lo que apunto... puede que nuestro fútbol no sea como ese nunca, puede que nuestros estadios no conmuevan como los de allá, puede que nuestros jugadores no sean tan profesionales como los vuestros... Pero, al menos, para nosotros el fútbol es una cuestión pasional... algo que nos permite sobrellevar la miseria cotidiana... una pequeña alegría cuando tenemos el agua hasta el cuello... el fútbol es para nosotros ese algo que nos permite conectarnos con nuestras emociones más primigenias... un gol bien hecho nos provoca un grito sincero, un abrazo fraterno con alguien que ni siquiera conocemos, una sensación de pertenencia en una comunidad de hermanos.

martes, 16 de agosto de 2011

Del acontecer nacional


Desde afuera las cosas se ven distintas, supongo, a como están siendo realmente. Las imágenes que yo veo en los medios de comunicación (los que yo reviso) se relacionan con la comunión de un grupo de gente en pos de decir basta, de dejar de temer, de abolir (o al menos comenzar a hacerlo) ese cansancio y desidia que tenemos pegada al cuerpo en estos tiempos.

Es verdad que no he experimentado esos tiempos que otros recuerdan como el terror de salir a la calle, la angustia de que desaparecieran amigos y familiares. Pero sí (y creo que no debemos perderlo de vista) he vivido y vivo, en el tiempo en que sabes que algo está mal, pero no sabes muy bien qué es lo que es. Un tiempo en que la violencia simbólica se materializa y es tanto o más violenta e invasora que esa en la que podías reconocer, claramente, qué o quién era el enemigo contra el que volcarse. 

Soy parte de una generación de abúlicos por aburrimiento, porque son tantos los estímulos que te pierdes en distracciones vacías de motivación alguna. Pertenezco a este momento histórico en que pareciera que todo está bien, pero nada lo está realmente. Formo parte de un colectivo de personas que no saben muy bien para dónde ni por dónde han de llegar a materializar sus deseos o expectativas.  Sé que deseamos mucho, pero que nada deseamos realmente, que nos perdemos en fuegos fatuos y que olvidamos rápidamente.

Por ahí se dice que el deseo no pervive a su satisfacción y es lógico que sea así ¿cómo podría ser de otra manera?  Desear es para satisfacer, es el móvil que impulsa determinadas acciones. Quizás el problema no sea el deseo en sí mismo sino el origen de su naturaleza.  Últimamente nos han hecho desear desde la necesidad impuesta desde afuera, hay quienes se dedican a crear deseos y necesidades donde no las había antes. Quizás si  hacemos el ejercicio de acordamos realmente de qué era eso que nosotros, desde la intimidad de nuestra individualidad deseábamos originalmente, puede que las cosas adquieran un poco más de sentido. Puede que si nos sinceramos cada uno consigo mismo dejemos de percibirnos como islas y nos transformemos en archipiélagos reunidos por deseos en común.  Creo que recobrando nuestros deseos originales nos sea más sencillo permanecer fieles a ellos y que esto se traduzca en autodisciplina y acción.

Quiero creer que la gente que está movilizándose y manifestándose por estos días en Chile está siguiendo el deseo (la necesidad incluso) de un cambio social profundo, uno que recupere la noción de comunidad, la libertad de expresión, la discusión como fuente de crecimiento y aprendizaje social.